jueves, 1 de octubre de 2026


A partir de 1650 la sociedad española entra en un periodo de profunda decadencia. Este proceso ya se venía vislumbrando en las décadas anteriores, pero después de la Paz de los Pirineos firmada con Francia (1658) se trata de una realidad incuestionable que afecta a varios aspectos fundamentales: 

En primer lugar, la administración interior del Reino, por lo general lenta y poco eficaz, se anquilosa en medio de prácticas venales y nepotismo. Además, en el terreno demográfico, el siglo XVII representa un descenso brutal en el número de habitantes. El fenómeno de la despoblación (España pasó de diez millones a poco más de siete) ha sido objeto de muchos estudios. Hoy suele haber acuerdo en que sus principales causas fueron la fortísima mortalidad infantil (con una tasa del 50 por 100, la mitad de los nacidos no llegaban a cumplir tres años de edad) y las epidemias de peste y de cólera, que entre 1648-52 y 1676-85 se llevaron a la tumba a más de millón y medio de españoles. La expulsión de los moriscos (unos 300.000) y la emigración a América contribuyeron asimismo, aunque en menor cuantía, al adelgazamiento del censo nacional.
Mención especial debe hacerse de la ruina económica. España, pobre de recursos naturales, padecía escasez de una clase burguesa y emprendedora, el trabajo había estado "mal visto" durante el Siglo de Oro y, para colmo, el Estado acumulaba una ingente deuda en manos de capitalistas extranjeros. La producción de las minas de plata americanas se redujo de manera alarmante a partir de 1640. Pero la falta de este metal precioso obedece también a razones más complejas. La mayoría de las monedas de plata no llegaban a España como una simple donación o un expolio a los territorios del otro lado del Atlántico; eran, propiamente hablando, el medio de pago con el que los residentes en América adquirían unos artículos que allí no podían hallar y que se encargaban a la Península Ibérica. Los productores y mercaderes españoles, sin embargo, pocos y fustigados por la inflación, encontraban serias dificultades para competir con las manufacturas extranjeras, que se vendían a precios más bajos. En consecuencia, el comercio clandestino de las Indias con otros países se incrementó, muy ligado a la piratería que practicaban ingleses y holandeses. Por si fuera poco, la propia producción americana fue creciendo con el tiempo, lo cual acabó por dar el golpe de gracia a las remesas de plata. El Estado recurrió entonces a acuñar monedas de cobre y se depauperó todavía más.
Otra importante manifestación de decadencia se produjo en el campo militar. Desde 1660 en adelante las derrotas se suceden sin interrupción. Generales mediocres, escasez de hombres para empuñar las armas y poco dinero para pagarles: en eso se resume todo. En una serie de conflictos desastrosos para España, los engallados franceses le fueron arrebatando las posesiones europeas que antaño habían formado parte del célebre "camino español". Y, si bien se pudo recuperar Cataluña, una nueva unión con Portugal quedó descartada definitivamente.
Pero, por encima de las demás consideraciones, existe en la sociedad una especie de colapso moral y una sensación de desánimo difíciles de paliar. Se había llegado a decir que las batallas de España eran batallas de Dios, y Dios no pierde batallas, por lo que el desengaño de los vencidos resultó tremendo. La gloriosa generación de pensadores, literatos y artistas se extinguió lentamente después de 1650 sin que ninguna figura de importancia viniera a tomar el relevo.
No obstante, el sombrío panorama comenzó a aclararse algo en las dos últimas décadas del siglo XVII, en las que parece aflorar una nueva mentalidad, más preocupada por las ciencias útiles (economía, medicina) y por las reformas que fomenten la iniciativa mercantil. Sería en el siglo siguiente, con el cambio de dinastía, cuando estas aspiraciones cobrasen un decidido y renovado impulso.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Embarque de moriscos en el Grao de Valencia", cuadro de Pere Oromig (1616).

martes, 1 de septiembre de 2026


La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue una pugna por dominar el centro del Viejo Continente entre la dinastía católica de los Habsburgo de Austria, con el apoyo de la Monarquía Hispánica, y los príncipes protestantes alemanes, a los que sucesivamente se aliaron daneses, suecos y, en la fase final, los franceses dirigidos por el cardenal Richelieu. La trascendencia de esta larga contienda se echa de ver en sus resultados, porque la Europa que surgió tras ella sería muy distinta de la que imperaba en los 150 años precedentes.

Para España, la intervención de los franceses en la guerra fue una "traición" a la causa católica; para Francia fue, sencillamente, una oportunista decisión política destinada a acabar con la hegemonía española. Justo antes de romperse las hostilidades tuvo lugar una auténtica discusión entre escritores y publicistas españoles y franceses, la llamada "polémica de 1635", como si ambos bandos quisieran dejar bien sentados sus principios antes de ponerse a defenderlos con las armas.
Los panfletos franceses defienden una nueva concepción del mundo, basada en el racionalismo y en la visión pragmática de las cosas; proclaman, sobre todo, la "Razón de Estado", según la cual las naciones no están sujetas a normas de moral objetivas, sino que cada una debe buscar aquella política capaz de engrandecerla. Este principio se ve acompañado por el de "coexistencia", consecuencia de la idea pluralista de Europa, que preconiza el entendimiento entre Estados diversos. Desde el punto de vista francés, en definitiva, un orden europeo basado en unos principios únicos a aceptar por todos resulta rechazable por injusto.
Los españoles, en cambio, no admiten la idea de Europa como diversidad, sino la de Cristiandad, que unifica moralmente a Occidente en unos ideales comunes. Ideales que los españoles ciertamente defienden, pero no como españoles, sino como cristianos. Un panegirista de la época llegó a escribir: "el francés que ama a Dios es mi español; el español que le ofende es mi francés". Quedaba así planteada la lucha entre el idealismo y el pragmatismo, entre la unidad y la diversidad.
En mayo de 1635 Francia declaró la guerra a la Monarquía española. Olivares comprendió que había llegado el momento decisivo y se dispuso a jugarse el todo por el todo. En un supremo esfuerzo logró movilizar 40.000 soldados: los recursos financieros del Estado no daban para más. Aun así se invadió el territorio francés por el norte (desde Flandes) y por el sur, pero no se pudo alcanzar una victoria rápida. Los franceses, con más recursos y población, tomaron la iniciativa a partir de 1637, aunque sus intentos de irrumpir en los Países Bajos y en la Península Ibérica cosecharon estrepitosos fracasos. La guerra, por tanto, parecía estancarse.
En 1640, sin embargo, se producen en España una serie de revoluciones que rompen la unidad peninsular y la debilitan fatalmente. Portugal y Cataluña se sublevan y se separan de la Corona española. Al mismo tiempo tienen lugar otros movimientos separatistas dentro de las fronteras hispánicas y en las posesiones italianas. Olivares, agotado, dimitió en 1642. En 1643, los viejos Tercios de infantería sufrieron en Rocroi su primera derrota en campo abierto. Otro desastre en Lens (1646) condujo a la Paz de Westfalia (1648), en la que España se vio obligada a reconocer la independencia de los Países Bajos holandeses (aunque mantenía a Bélgica bajo su control), la pérdida de la hegemonía en Europa (si bien la guerra contra Francia continuó otros diez años) y, en resumidas cuentas, la realidad de un mundo que se regía por esquemas totalmente nuevos.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Rocroi, el último Tercio", pintura de Augusto Ferrer-Dalmau (2011).

miércoles, 5 de agosto de 2026


Felipe II murió en 1598. Había legado los territorios de Flandes a su hija Isabel Clara Eugenia, casada con el archiduque Alberto de Austria, pensando que el problema flamenco entraría así en vías de solución. Pero los holandeses se negaron a aceptar la nueva soberanía, reemprendieron la guerra y España no pudo dejar de ayudar a la que era hermana de su rey, a la sazón Felipe III. Los Tercios españoles, comandados por Ambrosio Spínola, ganaron algunas batallas, aunque ninguna de forma decisiva. La eterna pesadilla de los Países Bajos no daba señales de acabar.

Ahora bien, la crisis económica que azotó a los dominios de la Monarquía Hispánica en el año 1609 repercutió igualmente sobre el disputado espacio holandés. Ambos bandos estaban agotados por el interminable conflicto y necesitaban un respiro. No hubo acuerdo para una paz definitiva, pero sí para una tregua de doce años (1609-1621), susceptible de prorrogarse en su día. Se trataba de una solución provisional y, al mismo tiempo, representaba el reconocimiento oficial de una nación (las Provincias Unidas de los Países Bajos) considerada hasta entonces por el Estado español como una simple pandilla de rebeldes.
En 1621 subió al trono Felipe IV y el Conde Duque de Olivares asumió las riendas del gobierno de España. Ese mismo año caducaba la tregua de Flandes; Olivares deseaba su prórroga, pero las circunstancias la hicieron imposible: los holandeses habían ocupado territorios en América y en las posesiones portuguesas de Extremo Oriente (Portugal formaba parte de la Monarquía Hispánica desde 1580), y además realizaban incursiones piráticas que perturbaban el comercio entre ambas orillas del Atlántico. Las hostilidades volvieron a reanudarse. Los españoles vencieron en Fleurus (1622), mientras la escuadra holandesa era destrozada cerca del cabo San Vicente. Una expedición a Brasil expulsó de allí a los colonos flamencos que se habían establecido. Y en 1626 tuvo lugar la conquista de Breda por las tropas de Ambrosio Spínola, hecho inmortalizado en uno de los más célebres cuadros de Velázquez.
Pero las cosas para España no cesaban de complicarse. Involucrada en la Guerra de los Treinta Años como aliada de la Liga Católica, no podía permitirse bajar la guardia en ningún escenario de la compleja política europea. Se avecinaba una enconada lucha por la hegemonía que iba a poner a prueba el "sentido misional" de la Monarquía española bajo la dinastía de los Austrias. La defensa de la fe y de los valores de la civilización cristiana, tal y como eran concebidos dentro del ámbito español, llegarían entonces a su más dramático extremo.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "La rendición de Breda", cuadro de Diego Velázquez (1634).

miércoles, 1 de julio de 2026


Felipe II había sido durante un tiempo (1554-58) rey consorte de Inglaterra por su matrimonio con María Tudor. Pero al morir la reina sin dejar descendientes el monarca español, obligado por las cláusulas del contrato nupcial, tuvo que renunciar al trono inglés, que pasó a ocupar Isabel I. A partir de entonces las relaciones entre España e Inglaterra, antes amistosas, fueron deteriorándose poco a poco y al finalizar el siglo XVI ambos reinos protagonizaban la más enconada rivalidad del mapa europeo. Dos factores explican esta evolución: el religioso, al pretender Isabel I erigirse en cabeza política del mundo protestante, en papel similar al que desempeñaba Felipe II para los católicos; y el económico, al intentar los ingleses romper el monopolio que ostentaban los españoles en la explotación de las Indias. Inglaterra empieza por esta época a transformarse en una gran potencia naval, con lo que el choque con el vasto Imperio español se hacía inevitable.

Entre 1568 y 1572, los piratas ingleses merodean por las costas americanas, forzando a los navíos españoles a navegar en convoy para protegerse. También desde Inglaterra se envía ayuda a los rebeldes flamencos, a lo que Felipe II replica apoyando a los irlandeses sublevados contra el dominio inglés. Esta fase de sordas hostilidades llega hasta 1586, fecha en la que la intervención directa de tropas británicas en los Países Bajos desencadena una guerra abierta angloespañola.
La ejecución en 1587 de María Estuardo, reina católica de Escocia, ofrecía una buena ocasión para doblegar a los británicos. Felipe II decidió la invasión de Inglaterra con el objetivo de destronar a Isabel I y colocar en su lugar a la princesa española Isabel Clara Eugenia. El plan consistía en mandar una escuadra al puerto belga de Ostende para embarcar allí a 30.000 hombres de los Tercios de Flandes a las órdenes de Alejandro Farnesio, que serían los encargados de poner pie en el condado de Kent y proceder al asedio de Londres. Un contratiempo inesperado, la muerte de Álvaro de Bazán (aguerrido marino que se había destacado en Lepanto), obligó a nombrar almirante de la armada al duque de Medina Sidonia, un jefe mucho menos competente en las cuestiones de mar.
En julio de 1588 zarpó del puerto de La Coruña la flota que los españoles denominaron "Grande y Felicísima Armada", pero que ha pasado a la historia con el sobrenombre de "Invencible" que más tarde le adjudicaron los ingleses en tono burlesco. La componían 137 navíos y cerca de 25.000 hombres, entre soldados y marineros. Sidonia, ateniéndose a las órdenes recibidas, pensaba que en la misión lo prioritario era eludir el choque con la escuadra británica hasta haber recogido a las fuerzas de Flandes, y realizar el desembarco cuanto antes. Por esa razón desoyó el consejo de sus subordinados Recalde y Oquendo de lanzarse contra la flota inglesa cuando se encontraba fondeada en el puerto de Plymouth, donde no habría podido zafarse del abordaje español. Los combates, por tanto, se libraron durante la primera quincena de agosto en aguas abiertas (el Canal de la Mancha), y allí los barcos británicos, más ligeros y bien artillados, atacaron una y otra vez a distancia a los españoles, causándoles daños de cierta consideración.
Finalmente, nada en la operación iba a salir como debía. Las mareas de cuadratura, el hostigamiento inglés y los fuertes temporales arruinaron el plan español. La Armada no pudo recalar en Ostende, para desesperación de Alejandro Farnesio, y se vio rechazada hacia el mar del Norte. No quedaba otra opción que intentar regresar a España rodeando las Islas Británicas. Los naufragios abundaron en el complicado periplo. Se perdieron cerca de la mitad de los hombres y unas 40 naves.
Tal fue el que se ha dado en llamar "desastre de la Invencible". Es inexacto decir que desde 1588 comienza la decadencia española, ni siquiera la naval. Las pérdidas fueron prontamente rehechas y en los siguientes años de guerra la escuadra española derrotó a la inglesa en las islas Azores y en otros lugares. Pero el proyecto de invasión de Gran Bretaña hubo de abandonarse por la necesidad de intervenir en la guerra de Francia. La falta de previsión de los sucesores de Felipe II haría el resto y a lo largo del siglo XVII España perdería definitivamente la hegemonía naval.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: La Armada Invencible navegando en formación, según una ilustración actual.

lunes, 1 de junio de 2026


En 1572 se produjo un nuevo levantamiento de los Países Bajos, esta vez de marcado carácter nacionalista y popular, y alentado además por Francia e Inglaterra, por lo que resultaba mucho más difícil de dominar. Una nueva nación empezaba a dibujarse: las Siete Provincias Unidas (Holanda), y no iba a ser posible ignorar este hecho.

La economía española, siempre propensa a las crisis, pasaba por un mal momento. Escaseaba el numerario para movilizar ejércitos y Felipe II optó por el diálogo con los rebeldes. El Duque de Alba fue sustituido en el puesto de gobernador por Luis de Requeséns, con el encargo de entablar negociaciones. Pero la vía diplomática no dio ningún fruto. Toda la política española en el avispero flamenco entre 1573 y 1578 no es más que una sucesión de tratos y de hostilidades. Cuando España puede pagar a sus Tercios el éxito militar es inmediato; en cambio, en los períodos en que escasea el dinero los insurrectos holandeses contraatacan. Muerto Requeséns, le sucedió don Juan de Austria (el vencedor de Lepanto), quien, a pesar de su prestigio, hubo de transigir con la Pacificación de Gante y el llamado "Edicto Perpetuo", por el que se restablecían todos los privilegios de las provincias flamencas, mientras que el ejército español, hambriento y desmandado por la falta de pagas, tenía que abandonar el país. Cuando en 1578 murió a su vez don Juan de Austria, la presencia española en Flandes parecía acabada para siempre.
Entonces se hizo cargo del gobierno de los Países Bajos el duque Alejandro Farnesio, buen diplomático y mejor militar, quien (por una vez) dispuso de abundante dinero español. En la Convención de Arras (1579), Farnesio consiguió el apoyo de los belgas (católicos) para enfrentarse a los holandeses (protestantes). La fidelidad de los belgas permitió contar con una base segura de operaciones. Una serie de campañas militares culminaron en 1585 con la ocupación de Amberes, centro de la banca mundial de aquel tiempo. A continuación, Farnesio invadió el territorio holandés propiamente dicho, rechazando al cuerpo de ejército británico del conde de Leicester y conquistando cinco de las siete provincias rebeldes. Pero importantes complicaciones ulteriores (la proyectada y a la postre frustrada invasión de Inglaterra en 1588, y la intervención en Francia en 1591, en la que los Tercios españoles entraron en París), distrajeron la labor del eminente general, que moriría en 1592 a causa de una herida de mosquete mal curada.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: Retrato de Alejandro Farnesio, por Otto van Veen.

lunes, 4 de mayo de 2026


A partir de 1570 el sultán turco Selim II se había lanzado a una política de agresivo expansionismo marítimo. La lucha por el dominio del Mediterráneo iba a alcanzar por aquella época uno de sus momentos más dramáticos. En junio de 1571, los turcos culminaron su conquista de la isla de Chipre, iniciada el año anterior, expulsando de allí a los venecianos. Estos hechos causaron una honda conmoción en todo el Occidente europeo, hasta el punto de que el Papa Pío V, al estilo de las antiguas Cruzadas, hizo un llamamiento a las naciones cristianas para combatir la amenaza islámica que se cernía sobre Italia y otros territorios ribereños mediterráneos.

La llamada "Liga Santa" que a tal fin se formó (mayo 1571) estaba integrada por España, Génova, los Estados Pontificios, Venecia, Saboya y la Orden de Malta. Ni el Imperio alemán ni Francia accedieron a participar: el primero a causa de sus divisiones religiosas entre católicos y protestantes, y la segunda porque sentía celos de la potencia española y tenía tratos en secreto con los turcos. Felipe II se adhirió a la empresa con el propósito de proteger su hegemonía en la zona occidental del mar Mediterráneo, blanco permanente de las incursiones corsarias otomanas. Los españoles aportaron a la Liga Santa la mayor parte del dinero y de los soldados embarcados, mientras que la República de Venecia contribuyó con el contingente de barcos (galeras) más numeroso. Se designó a Don Juan de Austria (hermano del propio Felipe II) como comandante supremo, no sin cierto recelo por parte de los venecianos, que tuvieron que aceptar asimismo que 4.000 infantes y arcabuceros españoles se distribuyeran entre las galeras italianas para reforzarlas.
En septiembre de 1571, la escuadra cristiana zarpó de Mesina (Sicilia) y navegó hacia el estrecho de Otranto. Después de hacer escala en la isla de Corfú se desplegó a la entrada del golfo griego de Lepanto. El 7 de octubre de 1571 se produjo el choque con la armada turca, al mando de Alí Pachá. Fue una de las batallas navales más grandes de la historia, pues en ella intervinieron 300 barcos y unos 80.000 hombres por cada bando. Sin embargo puede decirse que la lucha la decidieron los soldados más que los marinos, ya que ambas flotas se mezclaron al abordaje en indescriptible confusión, hecho que sin duda favoreció a los cristianos por contar en sus filas con la célebre Infantería española.
El resultado de la batalla de Lepanto fue una de las victorias más sensacionales de todos los tiempos: Alí Pachá pereció y los turcos perdieron cerca de 50.000 hombres, entre muertos y prisioneros, y más de 200 galeras; el bando cristiano tuvo 10.000 muertos y 13 galeras hundidas, con muchas otras gravemente dañadas. El futuro autor de "El Quijote", Miguel de Cervantes, peleó como soldado recibiendo un tiro que le dejó inválida la mano izquierda.
La principal consecuencia fue la decadencia del poderío naval del Imperio otomano, aunque no se pudo aprovechar la oportunidad para atacar Constantinopla. Dos años después la Liga Santa se disolvió, minada por las disensiones entre sus miembros. Pero España seguiría combatiendo en solitario a los turcos, empeñada en mantener el Mediterráneo como mar cristiano.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Batalla de Lepanto", cuadro de José Ferre Clauzel.

miércoles, 1 de abril de 2026


En el siglo XVI se designaba con el nombre de "Flandes" al territorio que hoy corresponde a los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y parte del norte de Francia. A través de su pertenencia a la Casa de Austria, estos dominios entraron en relación con la Monarquía española. Cuando Carlos I (V de Alemania) abdicó, cedió el Imperio alemán a su hermano Fernando, mientras que a su hijo Felipe II le adjudicó los reinos españoles, las posesiones en América y en Italia, y los dominios de Flandes y el Franco Condado de Borgoña. El espacio flamenco poseía un innegable valor estratégico, pues permitía invadir rápidamente Francia desde el norte en caso de guerra. Pero también representó para España una pesada carga y una continua fuente de conflictos.
La población de los Países Bajos, mayoritariamente protestante y calvinista, no veía con buenos ojos la soberanía española, caracterizada por su centralismo administrativo y constantes exacciones de impuestos. En 1566-67 estalló una violenta insurrección que, entre otros hechos luctuosos, culminó con el incendio de la catedral de Amberes. La gobernadora española, Margarita de Parma, a duras penas pudo sofocar las revueltas. Para castigar con mano firme a los sediciosos, Felipe II envió desde Milán al Duque de Alba al frente de su mejor fuerza militar: los Tercios de infantería. Alba implantó en Bruselas el denominado "Tribunal de los Tumultos", que durante seis años juzgó y condenó a muerte a más de 1.000 personas, entre ellas los condes de Egmont y Horn. El príncipe Guillermo de Orange, principal cabecilla rebelde, escapó e intentó reiniciar la lucha con ayuda de mercenarios alemanes. Pero, por el momento, se estrelló contra la experimentada infantería española.
Aparentemente, el foco de tensión de Flandes había sido controlado hacia 1570. No obstante, resultaba costoso en grado sumo mantener acantonado al ejército, al que, para colmo, le faltaban las pagas por haberse perdido los barcos que conducían las remesas de dinero. Fue necesario imponer tributos especiales a los habitantes de aquellas tierras, lo cual no hizo sino acrecentar su descontento hacia los españoles. En los Países Bajos en particular se iba gestando poco a poco un potente sentimiento de independencia. La guerra de Flandes, así iniciada, se prolongaría durante ochenta años.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).

Imagen: Retrato de Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, por Antonio Moro.

lunes, 2 de marzo de 2026


A partir de 1519 había comenzado a propagarse por Alemania y otros países europeos la doctrina religiosa denominada "luteranismo". Su autor, Martín Lutero, era un antiguo fraile agustino alemán, de carácter individualista y rebelde, que en 1521 fue excomulgado y condenado por hereje en la Dieta de Worms. Lutero propugnaba una profunda reforma en la Iglesia, depurándola de lujos y ostentaciones materiales, y defendía el principio de libre interpretación de la Biblia y la llamada "justificación por la fe", negando al mismo tiempo toda autoridad a la jerarquía católica romana. El número de los luteranos (a los que se designaba con el término de "protestantes") crecía sin cesar, recibía el respaldo de la nobleza, siempre dispuesta a consolidarse como poder autónomo, y amenazaba con dividir la unidad moral que hasta entonces el Cristianismo significaba en Europa.

El rey de España Carlos I, que era a la vez emperador de Alemania (Carlos V), advirtió desde el principio el peligro que implicaba el movimiento de la Reforma protestante. Un cisma religioso, con importantes ramificaciones políticas además, echaba por tierra la noción de comunidad espiritual de reinos cristianos a la que aspiraba el emperador. Éste en un primer momento pensó que el problema podía solucionarse apelando al diálogo. A tal fin convocó a los príncipes alemanes a la Dieta de Augsburgo (1530), a la que acudieron también importantes teólogos y humanistas. Pero fue imposible alcanzar la concordia con los protestantes. Carlos V comprendió entonces que era preciso que un Concilio, formado por especialistas y autorizado por el Papa, fijara claramente los ejes de la doctrina cristiana y los puntos en los que era posible ceder y llegar a acuerdos con los partidarios de Lutero. No obstante, las dilaciones de los Pontífices en la convocatoria y las continuas guerras con Francia retrasaron el proyecto una y otra vez.
En diciembre de 1545, centenares de teólogos se reunían por fin en la ciudad italiana de Trento para afrontar la controversia religiosa. El punto álgido de los debates fue el de la justificación y la salvación del hombre, que era la brecha más importante que separaba a la doctrina católica de la luterana. Y aquí se impuso la tesis de los teólogos españoles: la justificación del hombre por sus obras mediante la gracia de Dios. El jesuita Diego Laínez lo resumió en una célebre alegoría: el siervo (el hombre) que con la espada (la gracia) del príncipe (Cristo) vence al león (el pecado), pero que en todo caso necesita luchar (las obras) si quiere salvarse.
El Concilio de Trento (finalizado en 1563) puede considerarse una parte de la historia de España, puesto que la participación de los religiosos españoles resultó decisiva. La Compañía de Jesús, fundada pocos años antes por otro español, Ignacio de Loyola, sería la herramienta para el fortalecimiento de la Iglesia en una posterior etapa de expansión que fue llamada "Contrarreforma".
Sin embargo, los protestantes no acudieron a Trento ni aceptaron los decretos conciliares. El camino de la fuerza quedaba abierto. En los años posteriores una guerra de religión, en la que a la vez se dirimía el control del Imperio alemán, asoló Alemania y el resto de Europa. Y también fue la infantería española la principal baza con la que contó Carlos V en esa larga contienda.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Carlos V en la batalla de Mülhberg", cuadro de Tiziano (1548).

domingo, 1 de febrero de 2026


En las dos primeras décadas del siglo XVI continuó la exploración de las costas americanas, desde la Florida al Río de la Plata, ocupándose al mismo tiempo la mayor parte de las Antillas y una zona en tierra firme, en torno al istmo de Panamá. Se habían hallado los primeros minerales preciosos y organizado también misiones, mientras que una red de funcionarios mantenía el control de aquellos lejanos territorios en nombre de los monarcas hispanos. Pero a partir de 1520 el impulso conquistador se multiplicó, con el resultado de que, apenas veinte años después, todo el inmenso espacio comprendido entre el norte de México y Santiago de Chile había sido dominado por unos pocos miles de españoles.

Los núcleos antillano y panameño sirvieron de puntos de partida. De Cuba marcha en 1519 Hernán Cortés hacia el continente, con un grupo de 500 hombres, y pronto se pone en contacto con la gran confederación azteca que desde México-Tenochtitlan dominaba la meseta del Anahuac. Cortés, valiéndose de la superioridad técnica de sus armas y de su caballería, de cierto temor supersticioso que los españoles inspiraban a los indígenas y de la alianza con tribus deseosas de librarse del poderío azteca, logró hacerse dueño del territorio en poco más de dos años. Desde Panamá, Francisco Pizarro tuvo que emprender hasta tres expediciones (entre 1524 y 1531) para dar con el fabuloso imperio peruano de los incas. Los españoles (poco más de 200) progresaron por las profundas gargantas andinas hasta llegar a Cajamarca y apoderarse, en un audaz golpe de mano, del rey Atahualpa. Pero la lucha con los indios se prolongó durante años, seguida de la guerra civil entablada entre los propios conquistadores. El oro y la plata, abundantes en aquellas tierras, explican en buena medida las discordias y abusos que tuvieron lugar.
Desde México hacia el norte partieron otros grupos para ocupar parte de los actuales Estados Unidos, y hacia el sur para conquistar Guatemala y enlazar con la zona de Panamá. Belalcázar, desde Perú, ocupó el Ecuador y Jiménez de Quesada, que venía de la costa del Caribe, se adueñó de Colombia. Al sur de Perú, la conquista más asombrosa fue la de Chile, iniciada por Diego de Almagro y culminada por Pedro de Valdivia en 1541.
La conquista del Nuevo Mundo fue obra, ante todo, de particulares, de aventureros que buscaban fama y riquezas, y también en ciertos casos el engrandecimiento del Reino de Dios. Actuaron con destreza, intrepidez y enorme fuerza de voluntad. Pero, aunque las iniciativas fueran individuales, los nuevos territorios siempre eran puestos bajo la soberanía del Rey de España. Por consiguiente, y en segunda instancia, el Estado tuvo que realizar una ingente labor para pacificar los países ocupados, poner concordia entre los distintos conquistadores, administrar, organizar y atender a la población indígena. Ésta se vio diezmada por las enfermedades introducidas desde el Viejo Mundo, frente a las cuales se encontraba indefensa. Hubo también violentas arbitrariedades cometidas contra los indios, que la Corona española procuró atajar por medio de las Leyes de Indias (promulgadas en 1512 y en 1542). A partir de la segunda mitad del siglo XVI, la empresa de España en América se caracteriza por la predicación religiosa (misiones), la organización administrativa (Virreinatos), la explotación económica (extracción de metales preciosos), la obra cultural (fundación de ciudades, hospitales y universidades) y el mestizaje de razas.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Expedición de Diego de Almagro a Chile", pintura de Pedro Subercaseaux.

lunes, 5 de enero de 2026


El descubrimiento, conquista e hispanización del continente americano configuran uno de los hechos más destacados de la Historia Universal. Su trascendencia resulta tanto mayor hasta el punto de que, a partir del siglo XVI, la historia de América no puede explicarse desvinculada de la historia de España, como tampoco puede explicarse la historia de nuestro país sin conexión con la historia de América.
Ciertas circunstancias hicieron posible que el Nuevo Mundo fuera descubierto para la civilización occidental por una escuadra española. Castilla y Aragón, al unirse, organizaron un Estado moderno y capacitado para una empresa de semejante envergadura; la Marina castellana de la época era la mejor, junto con la portuguesa, que podía llevar a cabo viajes de larga duración; un nuevo tipo de barco, la carabela, resistente y maniobrable, resultaba ideal en las grandes travesías; y, por último, la posesión del archipiélago canario, situado en la cabecera de los llamados vientos Alisios, facilitaba el cruce del Atlántico en un plazo relativamente corto.
La presencia castellana en las islas Canarias databa ya de los comienzos del siglo XV, pero se culminó durante el mandato de los Reyes Católicos. Las expediciones de Juan Rejón, Pedro de Vera y Alonso Fernández de Lugo, entre 1478 y 1496, conquistaron Gran Canaria, Tenerife y La Palma, que eran las últimas islas que restaban por ocupar. Todo en la empresa canaria (la organización de la conquista, las fundaciones, la fusión de razas, los métodos misionales) forma un llamativo precedente de lo que iba a producirse años después, y a escala mucho mayor, en América.
Entretanto, un marino algo estrafalario, que se decía de origen genovés y conocedor de todos los mares, se presentó en la corte de los Reyes Católicos en demanda de ayuda para un gran proyecto de exploración. Su idea, en parte genial y en parte equivocada, consistía en llegar a las costas de Asia navegando hacia el Oeste. Los entendidos dudaban de que tal propósito pudiese realizarse, pero la fe de Cristóbal Colón acabó por convencer a Fernando e Isabel. Los monarcas le concedieron el título de Almirante, tres carabelas con tripulación española y una serie de promesas si era capaz de arribar al Lejano Oriente. El viaje, realizado entre el 3 de agosto y el 12 de octubre de 1492, representa un hito memorable en la aventura de la Humanidad. Colón y sus hombres no llegaron a Asia, como pretendían, sino a un nuevo continente que más adelante se llamaría América. Los españoles sin embargo preferirían, hasta el siglo XVIII, designarlo con el nombre de "Las Indias", y con el de "indios" a sus habitantes.
En viajes sucesivos, que se prolongaron hasta 1502, Colón exploró la zona de las Antillas y el Caribe, y las costas de América Central. Otros navegantes ampliaron el territorio conocido. Pero el periplo era largo y peligroso, el clima insano y las riquezas que se esperaba encontrar no aparecían por ninguna parte. Colón, mediocre gobernador, realizó acciones criticables en más de un aspecto y al fin se le hizo regresar a España para rendir cuentas. Habrían de pasar todavía unos decenios antes de que el Nuevo Mundo desplegara ante los ojos de los españoles toda su magnificencia.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: Recreación pictórica de la llegada a Guanahaní el 12 de octubre de 1492.

martes, 2 de diciembre de 2025


En enero de 1492, la conquista del Reino de Granada, con su población musulmana y su fuerte minoría judaica, acentuaba el problema de la unidad religiosa y los Reyes Católicos decidieron entonces abordarlo a fondo. Con los mahometanos se intentó primero una labor de captación, en la que, partiendo del respeto a sus tradiciones, se procuraba cristianizarlos poco a poco. Pero el cardenal Cisneros impuso luego un criterio más radical que debía extender el cristianismo sin ningún tipo de miramientos. Esta línea de "mano dura" chocó con la población conquistada, que estimó que se estaban vulnerando los pactos inherentes a la rendición. Hubo una violenta sublevación en Granada en el año 1500 y otra en la Alpujarra en 1502. Fue precisa la intervención militar para reprimirlas de modo cruento. A continuación se ordenó la expulsión de los musulmanes no convertidos, si bien muchos siguieron viviendo en España y practicando más o menos ocultamente la religión islámica. Se trataba de los llamados "moriscos", competentes agricultores en su mayor parte. Por habitar en el campo y tener un escaso influjo social hubo con ellos una notable tolerancia hasta su definitivo exilio de España en 1609-1613, en tiempos del rey Felipe III.
Los judíos representaban un problema mayor, debido a su residencia en los núcleos urbanos y su considerable influencia económica. Fernando e Isabel se abstuvieron de tomar medidas contra ellos durante la guerra de Granada, por prudencia y porque necesitaban de sus préstamos para financiar la campaña. Pero una vez finalizado el conflicto optaron por una política de destierro. Hay que tener en cuenta que Francia (siglos XII y XIV) e Inglaterra (siglo XIII) ya habían iniciado este tipo de medidas persecutorias y que las expulsiones de judíos estaban a la orden del día en la Europa de fines del siglo XV, de suerte que el decreto de los Reyes Católicos no fue en absoluto una excepción. En mayo de 1492 se ordenó salir de todos los reinos españoles a aquellos judíos que no quisieran convertirse en el plazo de cuatro meses. Aunque se ha exagerado enormemente la cuantía de aquel éxodo, hasta suponer cifras cercanas al millón de emigrados, los estudios recientes y más ponderados estiman que fueron expulsados unos 150.000 judíos españoles (sefardíes) y que alrededor de 40.000 decidieron convertirse al cristianismo y permanecer en nuestro país. Los desterrados (a quienes no se permitió llevar consigo ningún tipo de moneda) fueron a establecerse en el norte de África, Mediterráneo oriental y también a la zona de los Países Bajos. Cierto número de ellos (se cree que unos 20.000) regresaron a España al cabo de los tres primeros años.
La sangría demográfica no fue, por tanto, excesiva. Pero sí tuvo una importancia cualitativa, pues los judíos eran por lo general cultos, hábiles comerciantes y profesionales, y constituían los más brillantes exponentes de la población urbana española. No es cierto que la expulsión dejara a los reinos peninsulares sin burguesía, pero está claro que la debilitó en una buena proporción. Y ello ocurrió cuando el descubrimiento de América (pocas semanas más tarde) habría permitido a los expertos negociantes hebreos capitalizar y movilizar en territorio español inmensas riquezas.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Expulsión de los judíos de España (1492)", lienzo de Emilio Sala pintado en 1889.

martes, 4 de noviembre de 2025

La idea de que sólo puede alcanzarse la unidad política de un Reino cuando va acompañada de la unidad religiosa no la inventaron los Reyes Católicos, sino que se hallaba ampliamente extendida en la Europa del último cuarto del siglo XV. Pues bien, la unidad así concebida entraña una especie de "cohesión moral", una identidad de pensamientos y actitudes que caracterizó marcadamente a los españoles del llamado Siglo de Oro.

Lo primero que hicieron Fernando e Isabel, con la especial ayuda del cardenal Cisneros, fue reorganizar a fondo la Iglesia española. Las condiciones morales del clero mejoraron y los obispos dejaron de comportarse como señores feudales pendientes de las facciones nobiliarias. La depuración y fortalecimiento de las instituciones eclesiásticas constituyen factores que explican en gran parte el fracaso de la posterior reforma protestante en nuestro país.
Pero los Reyes Católicos también eran (como sus antecesores) reyes "de las tres religiones", y tenían súbditos cristianos, judíos y musulmanes. La coexistencia de estas tres confesiones, presente durante toda la Edad Media, no estuvo exenta de conflictos. Los judíos vivían en barrios (aljamas) dentro de las grandes ciudades, dedicados a la artesanía y al comercio, en particular el de los préstamos (usura). En los siglos XIV y XV eran frecuentes las reyertas callejeras seguidas de matanzas de hebreos en los territorios de Castilla y Aragón. Se generalizó el número de los llamados "conversos", es decir, judíos que impelidos por la conveniencia aparentaban abrazar el cristianismo, pero no con eso disminuyeron las luchas con los "cristianos viejos". Para remediar un problema que tendía a enconarse y para averiguar quienes eran en realidad unos falsos conversos, Fernando e Isabel solicitaron al Papa en 1478 la introducción del Tribunal de la Inquisición.
Resulta difícil abordar con objetividad un tema que se ha convertido en pilar fundamental de la leyenda negra antiespañola. Antes que nada hay que señalar que, en aquellos tiempos (y por contraste con los actuales), la intolerancia en materias de fe se consideraba una virtud en todos los países del mundo civilizado. Pero no parece justo criticar a la Inquisición española sin hacer lo mismo con similares tribunales que ejercieron en el resto de Europa. Se estima que en los primeros 10 años fueron condenados a muerte unos cuantos centenares de judíos que se hacían pasar por cristianos. El número exacto se desconoce; Henry Kamen da la cifra de 2.000 ejecutados entre 1480 y 1530, y Geoffrey Parker calcula que en los 350 años que duró la Inquisición causó la muerte de entre tres y cuatro mil personas como máximo. Por otra parte, también es cierto que las sangrientas contiendas entre cristianos viejos y nuevos fueron cortadas de raíz. En cuanto a los procedimientos y métodos de los inquisidores, por más que repugnen a nuestra sensibilidad de hoy, no eran más crueles que los que se usaban comúnmente en la administración de justicia de la época.
El poder del Santo Oficio solamente se extendía a los "bautizados" y, por consiguiente, nada podía contra los judíos que conservaban públicamente su religión. La Inquisición evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. En torno a 1490 quedaban aún unos 200.000 judíos no conversos y más de un millón de musulmanes, incluyendo el reino de Granada.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Matanza de judíos en Barcelona", lámina de Josep Segrelles.

jueves, 2 de octubre de 2025


Como un hijo nace de sus padres y hereda muchas de sus cualidades, pero también se distingue de ellos, y hasta puede oponérseles, así también la llamada Edad Moderna nace de la Media y señala al mismo tiempo una desviación de las ideas vigentes en el mundo medieval. Ya en los siglos XIII y XIV había surgido en Europa una clase burguesa netamente diferenciada de nobles y de campesinos, una clase habitante de las ciudades y dedicada a la artesanía, al comercio, las incipientes industria y banca, y a la navegación. Fruto de esta evolución, una nueva mentalidad más afín a las ciencias humanas que a la teología se va imponiendo poco a poco, hasta que el "beato contemplativo", arquetipo cultural de la Edad Media, es sustituido por el "hombre de acción", dueño de su destino y confiado en sus propias habilidades para progresar, modelo humano que se consagra durante el siglo XV.

Ahora bien, este cambio de temperamento no es incompatible con la fe religiosa ni con un sentido espiritualista de la vida. De hecho, la dualidad entre un punto de vista teocéntrico y otro antropocéntrico se encuentra presente durante todo el Renacimiento, en convivencia primero y en conflicto después, hasta que a mediados del siglo XVII (en pleno auge del Racionalismo) la concepción laica y antropocéntrica acaba por prevalecer. Fue precisamente en España donde la contraposición entre una cultura con el eje en la religión y otra de orientación mucho más terrena se produjo de forma más dramática a lo largo de la Edad Moderna.
Durante todo el siglo XVI y la primera parte del XVII, nuestro país acaudilló lo que podría denominarse el sentido teocéntrico y espiritualista de la civilización occidental. En un auténtico derroche de energías, la hegemonía española se manifestó a la vez en el terreno político y militar, en los grandes viajes y exploraciones del mundo, y en la creatividad del pensamiento, la literatura y el arte. Pero España acabó agotada. La falta de pragmatismo, el descuido en el fomento de la prosperidad material, con los consiguientes desequilibrios sociales, y la ruina económica terminaron por pasarle una onerosa factura. Cuando el Racionalismo hacía triunfar en Europa su visión del hombre y de la existencia, los españoles se sumían en una profunda y difícilmente remediable decadencia.
Y así, a la España idealista, audaz y guerrera le sucedió otra España crítica, reformista y preocupada por las realidades más inmediatas. Los problemas que por entonces empezaron a plantearse siguen siendo, en buena medida, los que continúan discutiéndose en la actualidad.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Don Quijote en la playa de Barcelona", cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

miércoles, 3 de septiembre de 2025


La historia de España no puede limitarse al estudio de lo que sucedió dentro de las fronteras de nuestro país. Si así fuera, hechos como el descubrimiento de América, la batalla de Lepanto, el concilio de Trento o la expedición de la Invencible quedarían descartados injustamente. Por tanto, de lo que se trata en realidad es de la "historia de los españoles", verdaderos protagonistas de los acontecimientos del pasado. Pero no hay que olvidar tampoco que estos españoles le deben su nacimiento a España y en ella han adquirido su lengua, su religión, su cultura, su temperamento y forma de ser.

La Península Ibérica se encuentra en uno de los lugares más estratégicos del mundo: un puente tendido entre Europa y África, por donde han pasado docenas de invasiones e influjos culturales, en uno y otro sentido; también el paso del Atlántico al Mediterráneo, y viceversa. En torno a estos dos grandes ejes de tensión bascula toda la historia de España. Se diría que los españoles del pasado se vieron siempre forzados a escoger, aunque, en ocasiones, como en los inicios del siglo XVI, se sintieron impulsados de tal dinamismo que optaron por todo a la vez.
La Península, por otra parte, posee una singularidad perfectamente definida. El istmo pirenaico sólo representa una séptima parte de su contorno total, por lo que el territorio peninsular resulta casi una isla, y dicho aspecto de aislamiento frente al mundo necesariamente ha proporcionado a los españoles el sentido de pertenencia a algo común. Por si fuera poco, España encierra dentro de sí misma una sorprendente variedad en su clima, orografía, flora, fauna, paisajes... hombres. Alguien la ha llamado "continente en miniatura". Y lo cierto es que nuestro país contiene, en sus modestas dimensiones, contrastes más violentos que todo el resto de Europa junto. En cuanto al elemento humano, la pluralidad de costumbres y, en muchos casos, de lenguas no deja de ser llamativa si la comparamos con la de otras naciones. Esta otra tensión entre unidad y diversidad es también una constante de la historia española que en ningún momento se puede perder de vista.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Las tres carabelas", cuadro de Rafael Monleón (siglo XIX).

martes, 5 de agosto de 2025


Puede decirse lícitamente que todo cuanto el hombre hace, individual o colectivamente, tiene algo de histórico. Sin embargo, los hechos resultan tanto más "históricos" cuanto más hayan trascendido y mayores repercusiones se deriven de ellos. Sobre esta base, los historiadores suelen acotar una determinada zona geográfica, una etapa cronológica o ambas cosas a la vez para desarrollar sus estudios.

Ahora bien, la elección del contenido de la Historia, es decir, optar por ciertos aspectos que nos ofrece la realidad humana del pasado y prescindir de otros, siempre comporta para el historiador un riesgo de parcialidad. Quizá, más que un riesgo, constituye una servidumbre inevitable, porque sería imposible elaborar una historia comprensiva de todo cuanto forma parte de la vida del hombre.
Además, cada época tiene su propia forma de enfocar la Historia, su criterio de selección respecto a lo que debe ser historiado. Durante muchos siglos perduró la idea de que lo fundamental eran los "hechos": reinados, acontecimientos políticos, batallas, fechas concretas. A partir de 1900 se fue abriendo paso el concepto de "historia institucional", en el que lo más digno de resaltar son las formas de gobierno, los equilibrios de poderes y las leyes fundamentales de los Estados. Al final de la primera guerra mundial se impuso la denominada "historia de la cultura": desde este punto de vista, la ciencia, la religión, el arte, las ideas y las costumbres son tan importantes, o más, que la crónica de los acontecimientos. Después de la segunda guerra mundial hizo furor la idea de una "historia estructural", basada en el estudio de las magnitudes socioeconómicas y en el método del análisis estadístico, según la cual la evolución de los precios agrícolas o industriales, o la demografía de un país, están por encima de los hechos, las ideas o las instituciones. Por último, en torno a los años 70 del pasado siglo, sale a la luz la noción de "historia integral", como un intento de comprensión unitaria de cada época del pasado conjugando los aspectos ideológicos, políticos, sociales, económicos, institucionales, ambientales, etc. Esta corriente de los estudios históricos, que se originó en Francia y en Alemania, es la que predomina en la actualidad.
Por poner un ejemplo clarificador de lo que venimos exponiendo, el llamado "Motín de Esquilache" (1766) es al mismo tiempo un acontecimiento político (revuelta contra un ministro), ideológico (oposición al reformismo del siglo XVIII), social (nobleza contra burguesía) y económico (carestía de precios de los productos básicos). Así, unos factores ayudan a comprender otros, y es preciso tenerlos en cuenta a la vez. Se trata, en definitiva, de la más adecuada manera de abordar el conocimiento de la Historia.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "La rendición de Granada", cuadro de Francisco Pradilla pintado en 1882.

jueves, 3 de julio de 2025


ARQUÍMEDES (287-212 a. C.) fue un matemático, físico e inventor griego, considerado uno de los más grandes sabios que vivió en la Antigüedad. Había nacido en Siracusa (Sicilia) y se educó en Alejandría y otras ciudades de Egipto con maestros como Conón de Samos y Eratóstenes. De regreso en su patria, Arquímedes llegó a ser un matemático portentoso: a él se deben el cálculo de las áreas de figuras planas de contorno curvilíneo (cuadratura de la parábola) y de los volúmenes limitados por superficies curvas (esferas, cilindros, conos), el estudio de superficies de revolución al girar alrededor de un eje principal, la determinación del valor del número "Pi" (razón de la longitud de una circunferencia en relación con su diámetro) y el perfeccionamiento del sistema griego de numeración y de los estudios de Astronomía.

Pero la fama de Arquímedes se debe principalmente a sus descubrimientos en el campo de la Física. Sensacional fue su formulación de la "ley de la palanca", que expresaría con el célebre aforismo: "¡Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo!". Aplicaciones prácticas de este principio resultaron ser el "tornillo helicoidal", utilizado en riegos y bombas de desagüe, y el "polipasto", empleado para mover cuerpos pesados.
En cuanto a la Hidrostática, el descubrimiento de su primera ley por Arquímedes proviene del encargo que le hizo el tirano Hierón II para que determinara si cierta corona estaba hecha de oro puro o bien era una aleación con exceso de plata. Mientras Arquímedes se bañaba se le ocurrió la solución al problema: al observar la cantidad de agua desplazada por su propio cuerpo cayó en la cuenta de que un sólido sumergido en un líquido pierde de peso una cantidad igual al peso del líquido que desaloja. Se cuenta que el sabio salió del baño y completamente desnudo corrió exclamando: "¡Eureka! ¡Eureka!" (en griego, "lo encontré"). Mediante el oportuno ensayo quedó demostrado que la corona tenía aleación de oro y plata, ya que la plata tiene más volumen por peso que el oro. El llamado "Principio de Arquímedes" se emplea hoy para determinar el peso específico y el desplazamiento de los barcos.
Arquímedes recibió otro encargo de Hierón para que ideara ingenios bélicos para defenderse de la invasión romana. La eficacia de tales ingenios se demostró cuando los romanos atacaron Siracusa en 214 a. C., durante la segunda guerra púnica. Las embarcaciones romanas fueron aplastadas con enormes piedras lanzadas desde catapultas de largo alcance, o quemadas por medio de espejos incendiarios, o sacadas del agua y arrojadas contra las rocas por grúas con garras de hierro. Tras dos años de sitio consiguieron los romanos tomar la ciudad mediante un ataque por sorpresa. El general romano Marcelo publicó una orden por la que perdonaba la vida a Arquímedes, pero un soldado le dio muerte cuando (según refiere la tradición) el anciano matemático trabajaba en la arena sobre un problema geométrico. Marcelo mandó erigir en memoria de Arquímedes una tumba en la que se grabaron una esfera y un cilindro como símbolos de su genio.
Fuentes: "El contador de arena" (Gillian Bradshaw).
Imagen: Grabado que representa a Arquímedes enfrascado en el problema y al soldado que le mató, furioso porque el anciano le reprochó que le pisaba los cálculos trazados en la arena.