La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue una pugna por dominar el centro del Viejo Continente entre la dinastía católica de los Habsburgo de Austria, con el apoyo de la Monarquía Hispánica, y los príncipes protestantes alemanes, a los que sucesivamente se aliaron daneses, suecos y, en la fase final, los franceses dirigidos por el cardenal Richelieu. La trascendencia de esta larga contienda se echa de ver en sus resultados, porque la Europa que surgió tras ella sería muy distinta de la que imperaba en los 150 años precedentes.
Para España, la intervención de los franceses en la guerra fue una "traición" a la causa católica; para Francia fue, sencillamente, una oportunista decisión política destinada a acabar con la hegemonía española. Justo antes de romperse las hostilidades tuvo lugar una auténtica discusión entre escritores y publicistas españoles y franceses, la llamada "polémica de 1635", como si ambos bandos quisieran dejar bien sentados sus principios antes de ponerse a defenderlos con las armas.
Los panfletos franceses defienden una nueva concepción del mundo, basada en el racionalismo y en la visión pragmática de las cosas; proclaman, sobre todo, la "Razón de Estado", según la cual las naciones no están sujetas a normas de moral objetivas, sino que cada una debe buscar aquella política capaz de engrandecerla. Este principio se ve acompañado por el de "coexistencia", consecuencia de la idea pluralista de Europa, que preconiza el entendimiento entre Estados diversos. Desde el punto de vista francés, en definitiva, un orden europeo basado en unos principios únicos a aceptar por todos resulta rechazable por injusto.
Los españoles, en cambio, no admiten la idea de Europa como diversidad, sino la de Cristiandad, que unifica moralmente a Occidente en unos ideales comunes. Ideales que los españoles ciertamente defienden, pero no como españoles, sino como cristianos. Un panegirista de la época llegó a escribir: "el francés que ama a Dios es mi español; el español que le ofende es mi francés". Quedaba así planteada la lucha entre el idealismo y el pragmatismo, entre la unidad y la diversidad.
En mayo de 1635 Francia declaró la guerra a la Monarquía española. Olivares comprendió que había llegado el momento decisivo y se dispuso a jugarse el todo por el todo. En un supremo esfuerzo logró movilizar 40.000 soldados: los recursos financieros del Estado no daban para más. Aun así se invadió el territorio francés por el norte (desde Flandes) y por el sur, pero no se pudo alcanzar una victoria rápida. Los franceses, con más recursos y población, tomaron la iniciativa a partir de 1637, aunque sus intentos de irrumpir en los Países Bajos y en la Península Ibérica cosecharon estrepitosos fracasos. La guerra, por tanto, parecía estancarse.
En 1640, sin embargo, se producen en España una serie de revoluciones que rompen la unidad peninsular y la debilitan fatalmente. Portugal y Cataluña se sublevan y se separan de la Corona española. Al mismo tiempo tienen lugar otros movimientos separatistas dentro de las fronteras hispánicas y en las posesiones italianas. Olivares, agotado, dimitió en 1642. En 1643, los viejos Tercios de infantería sufrieron en Rocroi su primera derrota en campo abierto. Otro desastre en Lens (1646) condujo a la Paz de Westfalia (1648), en la que España se vio obligada a reconocer la independencia de los Países Bajos holandeses (aunque mantenía a Bélgica bajo su control), la pérdida de la hegemonía en Europa (si bien la guerra contra Francia continuó otros diez años) y, en resumidas cuentas, la realidad de un mundo que se regía por esquemas totalmente nuevos.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Rocroi, el último Tercio", pintura de Augusto Ferrer-Dalmau (2011).

En la guerra de los Treinta Años, el papel de España iba más allá del mero apoyo a la dinastía de los Habsburgo austriacos o de la defensa de la fe católica. En el fondo lo que los españoles defendieron fue una visión del mundo dependiente todavía de los valores del Medievo: la comunidad de naciones cristianas que ya persiguió en su momento Carlos I y la unidad espiritual. Pero el mundo había cambiado drásticamente. El empeño de la monarquía hispánica, en medio del racionalismo moderno, se hallaba condenado al fracaso.
ResponderEliminarEs cierto. La caída de España en 1648 viene a ser similar a la derrota de Don Quijote en la playa de Barcelona. Pero, a diferencia del personaje literario, que aun vencido no reniega de su ideal, el pueblo español empezó a cuestionarse todo lo que había sido hasta entonces, iniciando así una peligrosa deriva que se agravaría en siglos posteriores. De ello hablaremos en las siguientes entregas de esta serie.
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