miércoles, 1 de julio de 2026


Felipe II había sido durante un tiempo (1554-58) rey consorte de Inglaterra por su matrimonio con María Tudor. Pero al morir la reina sin dejar descendientes el monarca español, obligado por las cláusulas del contrato nupcial, tuvo que renunciar al trono inglés, que pasó a ocupar Isabel I. A partir de entonces las relaciones entre España e Inglaterra, antes amistosas, fueron deteriorándose poco a poco y al finalizar el siglo XVI ambos reinos protagonizaban la más enconada rivalidad del mapa europeo. Dos factores explican esta evolución: el religioso, al pretender Isabel I erigirse en cabeza política del mundo protestante, en papel similar al que desempeñaba Felipe II para los católicos; y el económico, al intentar los ingleses romper el monopolio que ostentaban los españoles en la explotación de las Indias. Inglaterra empieza por esta época a transformarse en una gran potencia naval, con lo que el choque con el vasto Imperio español se hacía inevitable.

Entre 1568 y 1572, los piratas ingleses merodean por las costas americanas, forzando a los navíos españoles a navegar en convoy para protegerse. También desde Inglaterra se envía ayuda a los rebeldes flamencos, a lo que Felipe II replica apoyando a los irlandeses sublevados contra el dominio inglés. Esta fase de sordas hostilidades llega hasta 1586, fecha en la que la intervención directa de tropas británicas en los Países Bajos desencadena una guerra abierta angloespañola.
La ejecución en 1587 de María Estuardo, reina católica de Escocia, ofrecía una buena ocasión para doblegar a los británicos. Felipe II decidió la invasión de Inglaterra con el objetivo de destronar a Isabel I y colocar en su lugar a la princesa española Isabel Clara Eugenia. El plan consistía en mandar una escuadra al puerto belga de Ostende para embarcar allí a 30.000 hombres de los Tercios de Flandes a las órdenes de Alejandro Farnesio, que serían los encargados de poner pie en el condado de Kent y proceder al asedio de Londres. Un contratiempo inesperado, la muerte de Álvaro de Bazán (aguerrido marino que se había destacado en Lepanto), obligó a nombrar almirante de la armada al duque de Medina Sidonia, un jefe mucho menos competente en las cuestiones de mar.
En julio de 1588 zarpó del puerto de La Coruña la flota que los españoles denominaron "Grande y Felicísima Armada", pero que ha pasado a la historia con el sobrenombre de "Invencible" que más tarde le adjudicaron los ingleses en tono burlesco. La componían 137 navíos y cerca de 25.000 hombres, entre soldados y marineros. Sidonia, ateniéndose a las órdenes recibidas, pensaba que en la misión lo prioritario era eludir el choque con la escuadra británica hasta haber recogido a las fuerzas de Flandes, y realizar el desembarco cuanto antes. Por esa razón desoyó el consejo de sus subordinados Recalde y Oquendo de lanzarse contra la flota inglesa cuando se encontraba fondeada en el puerto de Plymouth, donde no habría podido zafarse del abordaje español. Los combates, por tanto, se libraron durante la primera quincena de agosto en aguas abiertas (el Canal de la Mancha), y allí los barcos británicos, más ligeros y bien artillados, atacaron una y otra vez a distancia a los españoles, causándoles daños de cierta consideración.
Finalmente, nada en la operación iba a salir como debía. Las mareas de cuadratura, el hostigamiento inglés y los fuertes temporales arruinaron el plan español. La Armada no pudo recalar en Ostende, para desesperación de Alejandro Farnesio, y se vio rechazada hacia el mar del Norte. No quedaba otra opción que intentar regresar a España rodeando las Islas Británicas. Los naufragios abundaron en el complicado periplo. Se perdieron cerca de la mitad de los hombres y unas 40 naves.
Tal fue el que se ha dado en llamar "desastre de la Invencible". Es inexacto decir que desde 1588 comienza la decadencia española, ni siquiera la naval. Las pérdidas fueron prontamente rehechas y en los siguientes años de guerra la escuadra española derrotó a la inglesa en las islas Azores y en otros lugares. Pero el proyecto de invasión de Gran Bretaña hubo de abandonarse por la necesidad de intervenir en la guerra de Francia. La falta de previsión de los sucesores de Felipe II haría el resto y a lo largo del siglo XVII España perdería definitivamente la hegemonía naval.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: La Armada Invencible navegando en formación, según una ilustración actual.