domingo, 1 de febrero de 2026


En las dos primeras décadas del siglo XVI continuó la exploración de las costas americanas, desde la Florida al Río de la Plata, ocupándose al mismo tiempo la mayor parte de las Antillas y una zona en tierra firme, en torno al istmo de Panamá. Se habían hallado los primeros minerales preciosos y organizado también misiones, mientras que una red de funcionarios mantenía el control de aquellos lejanos territorios en nombre de los monarcas hispanos. Pero a partir de 1520 el impulso conquistador se multiplicó, con el resultado de que, apenas veinte años después, todo el inmenso espacio comprendido entre el norte de México y Santiago de Chile había sido dominado por unos pocos miles de españoles.

Los núcleos antillano y panameño sirvieron de puntos de partida. De Cuba marcha en 1519 Hernán Cortés hacia el continente, con un grupo de 500 hombres, y pronto se pone en contacto con la gran confederación azteca que desde México-Tenochtitlan dominaba la meseta del Anahuac. Cortés, valiéndose de la superioridad técnica de sus armas y de su caballería, de cierto temor supersticioso que los españoles inspiraban a los indígenas y de la alianza con tribus deseosas de librarse del poderío azteca, logró hacerse dueño del territorio en poco más de dos años. Desde Panamá, Francisco Pizarro tuvo que emprender hasta tres expediciones (entre 1524 y 1531) para dar con el fabuloso imperio peruano de los incas. Los españoles (poco más de 200) progresaron por las profundas gargantas andinas hasta llegar a Cajamarca y apoderarse, en un audaz golpe de mano, del rey Atahualpa. Pero la lucha con los indios se prolongó durante años, seguida de la guerra civil entablada entre los propios conquistadores. El oro y la plata, abundantes en aquellas tierras, explican en buena medida las discordias y abusos que tuvieron lugar.
Desde México hacia el norte partieron otros grupos para ocupar parte de los actuales Estados Unidos, y hacia el sur para conquistar Guatemala y enlazar con la zona de Panamá. Belalcázar, desde Perú, ocupó el Ecuador y Jiménez de Quesada, que venía de la costa del Caribe, se adueñó de Colombia. Al sur de Perú, la conquista más asombrosa fue la de Chile, iniciada por Diego de Almagro y culminada por Pedro de Valdivia en 1541.
La conquista del Nuevo Mundo fue obra, ante todo, de particulares, de aventureros que buscaban fama y riquezas, y también en ciertos casos el engrandecimiento del Reino de Dios. Actuaron con destreza, intrepidez y enorme fuerza de voluntad. Pero, aunque las iniciativas fueran individuales, los nuevos territorios siempre eran puestos bajo la soberanía del Rey de España. Por consiguiente, y en segunda instancia, el Estado tuvo que realizar una ingente labor para pacificar los países ocupados, poner concordia entre los distintos conquistadores, administrar, organizar y atender a la población indígena. Ésta se vio diezmada por las enfermedades introducidas desde el Viejo Mundo, frente a las cuales se encontraba indefensa. Hubo también violentas arbitrariedades cometidas contra los indios, que la Corona española procuró atajar por medio de las Leyes de Indias (promulgadas en 1512 y en 1542). A partir de la segunda mitad del siglo XVI, la empresa de España en América se caracteriza por la predicación religiosa (misiones), la organización administrativa (Virreinatos), la explotación económica (extracción de metales preciosos), la obra cultural (fundación de ciudades, hospitales y universidades) y el mestizaje de razas.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Expedición de Diego de Almagro a Chile", pintura de Pedro Subercaseaux.

lunes, 5 de enero de 2026


El descubrimiento, conquista e hispanización del continente americano configuran uno de los hechos más destacados de la Historia Universal. Su trascendencia resulta tanto mayor hasta el punto de que, a partir del siglo XVI, la historia de América no puede explicarse desvinculada de la historia de España, como tampoco puede explicarse la historia de nuestro país sin conexión con la historia de América.
Ciertas circunstancias hicieron posible que el Nuevo Mundo fuera descubierto para la civilización occidental por una escuadra española. Castilla y Aragón, al unirse, organizaron un Estado moderno y capacitado para una empresa de semejante envergadura; la Marina castellana de la época era la mejor, junto con la portuguesa, que podía llevar a cabo viajes de larga duración; un nuevo tipo de barco, la carabela, resistente y maniobrable, resultaba ideal en las grandes travesías; y, por último, la posesión del archipiélago canario, situado en la cabecera de los llamados vientos Alisios, facilitaba el cruce del Atlántico en un plazo relativamente corto.
La presencia castellana en las islas Canarias databa ya de los comienzos del siglo XV, pero se culminó durante el mandato de los Reyes Católicos. Las expediciones de Juan Rejón, Pedro de Vera y Alonso Fernández de Lugo, entre 1478 y 1496, conquistaron Gran Canaria, Tenerife y La Palma, que eran las últimas islas que restaban por ocupar. Todo en la empresa canaria (la organización de la conquista, las fundaciones, la fusión de razas, los métodos misionales) forma un llamativo precedente de lo que iba a producirse años después, y a escala mucho mayor, en América.
Entretanto, un marino algo estrafalario, que se decía de origen genovés y conocedor de todos los mares, se presentó en la corte de los Reyes Católicos en demanda de ayuda para un gran proyecto de exploración. Su idea, en parte genial y en parte equivocada, consistía en llegar a las costas de Asia navegando hacia el Oeste. Los entendidos dudaban de que tal propósito pudiese realizarse, pero la fe de Cristóbal Colón acabó por convencer a Fernando e Isabel. Los monarcas le concedieron el título de Almirante, tres carabelas con tripulación española y una serie de promesas si era capaz de arribar al Lejano Oriente. El viaje, realizado entre el 3 de agosto y el 12 de octubre de 1492, representa un hito memorable en la aventura de la Humanidad. Colón y sus hombres no llegaron a Asia, como pretendían, sino a un nuevo continente que más adelante se llamaría América. Los españoles sin embargo preferirían, hasta el siglo XVIII, designarlo con el nombre de "Las Indias", y con el de "indios" a sus habitantes.
En viajes sucesivos, que se prolongaron hasta 1502, Colón exploró la zona de las Antillas y el Caribe, y las costas de América Central. Otros navegantes ampliaron el territorio conocido. Pero el periplo era largo y peligroso, el clima insano y las riquezas que se esperaba encontrar no aparecían por ninguna parte. Colón, mediocre gobernador, realizó acciones criticables en más de un aspecto y al fin se le hizo regresar a España para rendir cuentas. Habrían de pasar todavía unos decenios antes de que el Nuevo Mundo desplegara ante los ojos de los españoles toda su magnificencia.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: Recreación pictórica de la llegada a Guanahaní el 12 de octubre de 1492.

martes, 2 de diciembre de 2025


En enero de 1492, la conquista del Reino de Granada, con su población musulmana y su fuerte minoría judaica, acentuaba el problema de la unidad religiosa y los Reyes Católicos decidieron entonces abordarlo a fondo. Con los mahometanos se intentó primero una labor de captación, en la que, partiendo del respeto a sus tradiciones, se procuraba cristianizarlos poco a poco. Pero el cardenal Cisneros impuso luego un criterio más radical que debía extender el cristianismo sin ningún tipo de miramientos. Esta línea de "mano dura" chocó con la población conquistada, que estimó que se estaban vulnerando los pactos inherentes a la rendición. Hubo una violenta sublevación en Granada en el año 1500 y otra en la Alpujarra en 1502. Fue precisa la intervención militar para reprimirlas de modo cruento. A continuación se ordenó la expulsión de los musulmanes no convertidos, si bien muchos siguieron viviendo en España y practicando más o menos ocultamente la religión islámica. Se trataba de los llamados "moriscos", competentes agricultores en su mayor parte. Por habitar en el campo y tener un escaso influjo social hubo con ellos una notable tolerancia hasta su definitivo exilio de España en 1609-1613, en tiempos del rey Felipe III.
Los judíos representaban un problema mayor, debido a su residencia en los núcleos urbanos y su considerable influencia económica. Fernando e Isabel se abstuvieron de tomar medidas contra ellos durante la guerra de Granada, por prudencia y porque necesitaban de sus préstamos para financiar la campaña. Pero una vez finalizado el conflicto optaron por una política de destierro. Hay que tener en cuenta que Francia (siglos XII y XIV) e Inglaterra (siglo XIII) ya habían iniciado este tipo de medidas persecutorias y que las expulsiones de judíos estaban a la orden del día en la Europa de fines del siglo XV, de suerte que el decreto de los Reyes Católicos no fue en absoluto una excepción. En mayo de 1492 se ordenó salir de todos los reinos españoles a aquellos judíos que no quisieran convertirse en el plazo de cuatro meses. Aunque se ha exagerado enormemente la cuantía de aquel éxodo, hasta suponer cifras cercanas al millón de emigrados, los estudios recientes y más ponderados estiman que fueron expulsados unos 150.000 judíos españoles (sefardíes) y que alrededor de 40.000 decidieron convertirse al cristianismo y permanecer en nuestro país. Los desterrados (a quienes no se permitió llevar consigo ningún tipo de moneda) fueron a establecerse en el norte de África, Mediterráneo oriental y también a la zona de los Países Bajos. Cierto número de ellos (se cree que unos 20.000) regresaron a España al cabo de los tres primeros años.
La sangría demográfica no fue, por tanto, excesiva. Pero sí tuvo una importancia cualitativa, pues los judíos eran por lo general cultos, hábiles comerciantes y profesionales, y constituían los más brillantes exponentes de la población urbana española. No es cierto que la expulsión dejara a los reinos peninsulares sin burguesía, pero está claro que la debilitó en una buena proporción. Y ello ocurrió cuando el descubrimiento de América (pocas semanas más tarde) habría permitido a los expertos negociantes hebreos capitalizar y movilizar en territorio español inmensas riquezas.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Expulsión de los judíos de España (1492)", lienzo de Emilio Sala pintado en 1889.

martes, 4 de noviembre de 2025

La idea de que sólo puede alcanzarse la unidad política de un Reino cuando va acompañada de la unidad religiosa no la inventaron los Reyes Católicos, sino que se hallaba ampliamente extendida en la Europa del último cuarto del siglo XV. Pues bien, la unidad así concebida entraña una especie de "cohesión moral", una identidad de pensamientos y actitudes que caracterizó marcadamente a los españoles del llamado Siglo de Oro.

Lo primero que hicieron Fernando e Isabel, con la especial ayuda del cardenal Cisneros, fue reorganizar a fondo la Iglesia española. Las condiciones morales del clero mejoraron y los obispos dejaron de comportarse como señores feudales pendientes de las facciones nobiliarias. La depuración y fortalecimiento de las instituciones eclesiásticas constituyen factores que explican en gran parte el fracaso de la posterior reforma protestante en nuestro país.
Pero los Reyes Católicos también eran (como sus antecesores) reyes "de las tres religiones", y tenían súbditos cristianos, judíos y musulmanes. La coexistencia de estas tres confesiones, presente durante toda la Edad Media, no estuvo exenta de conflictos. Los judíos vivían en barrios (aljamas) dentro de las grandes ciudades, dedicados a la artesanía y al comercio, en particular el de los préstamos (usura). En los siglos XIV y XV eran frecuentes las reyertas callejeras seguidas de matanzas de hebreos en los territorios de Castilla y Aragón. Se generalizó el número de los llamados "conversos", es decir, judíos que impelidos por la conveniencia aparentaban abrazar el cristianismo, pero no con eso disminuyeron las luchas con los "cristianos viejos". Para remediar un problema que tendía a enconarse y para averiguar quienes eran en realidad unos falsos conversos, Fernando e Isabel solicitaron al Papa en 1478 la introducción del Tribunal de la Inquisición.
Resulta difícil abordar con objetividad un tema que se ha convertido en pilar fundamental de la leyenda negra antiespañola. Antes que nada hay que señalar que, en aquellos tiempos (y por contraste con los actuales), la intolerancia en materias de fe se consideraba una virtud en todos los países del mundo civilizado. Pero no parece justo criticar a la Inquisición española sin hacer lo mismo con similares tribunales que ejercieron en el resto de Europa. Se estima que en los primeros 10 años fueron condenados a muerte unos cuantos centenares de judíos que se hacían pasar por cristianos. El número exacto se desconoce; Henry Kamen da la cifra de 2.000 ejecutados entre 1480 y 1530, y Geoffrey Parker calcula que en los 350 años que duró la Inquisición causó la muerte de entre tres y cuatro mil personas como máximo. Por otra parte, también es cierto que las sangrientas contiendas entre cristianos viejos y nuevos fueron cortadas de raíz. En cuanto a los procedimientos y métodos de los inquisidores, por más que repugnen a nuestra sensibilidad de hoy, no eran más crueles que los que se usaban comúnmente en la administración de justicia de la época.
El poder del Santo Oficio solamente se extendía a los "bautizados" y, por consiguiente, nada podía contra los judíos que conservaban públicamente su religión. La Inquisición evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. En torno a 1490 quedaban aún unos 200.000 judíos no conversos y más de un millón de musulmanes, incluyendo el reino de Granada.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Matanza de judíos en Barcelona", lámina de Josep Segrelles.

jueves, 2 de octubre de 2025


Como un hijo nace de sus padres y hereda muchas de sus cualidades, pero también se distingue de ellos, y hasta puede oponérseles, así también la llamada Edad Moderna nace de la Media y señala al mismo tiempo una desviación de las ideas vigentes en el mundo medieval. Ya en los siglos XIII y XIV había surgido en Europa una clase burguesa netamente diferenciada de nobles y de campesinos, una clase habitante de las ciudades y dedicada a la artesanía, al comercio, las incipientes industria y banca, y a la navegación. Fruto de esta evolución, una nueva mentalidad más afín a las ciencias humanas que a la teología se va imponiendo poco a poco, hasta que el "beato contemplativo", arquetipo cultural de la Edad Media, es sustituido por el "hombre de acción", dueño de su destino y confiado en sus propias habilidades para progresar, modelo humano que se consagra durante el siglo XV.

Ahora bien, este cambio de temperamento no es incompatible con la fe religiosa ni con un sentido espiritualista de la vida. De hecho, la dualidad entre un punto de vista teocéntrico y otro antropocéntrico se encuentra presente durante todo el Renacimiento, en convivencia primero y en conflicto después, hasta que a mediados del siglo XVII (en pleno auge del Racionalismo) la concepción laica y antropocéntrica acaba por prevalecer. Fue precisamente en España donde la contraposición entre una cultura con el eje en la religión y otra de orientación mucho más terrena se produjo de forma más dramática a lo largo de la Edad Moderna.
Durante todo el siglo XVI y la primera parte del XVII, nuestro país acaudilló lo que podría denominarse el sentido teocéntrico y espiritualista de la civilización occidental. En un auténtico derroche de energías, la hegemonía española se manifestó a la vez en el terreno político y militar, en los grandes viajes y exploraciones del mundo, y en la creatividad del pensamiento, la literatura y el arte. Pero España acabó agotada. La falta de pragmatismo, el descuido en el fomento de la prosperidad material, con los consiguientes desequilibrios sociales, y la ruina económica terminaron por pasarle una onerosa factura. Cuando el Racionalismo hacía triunfar en Europa su visión del hombre y de la existencia, los españoles se sumían en una profunda y difícilmente remediable decadencia.
Y así, a la España idealista, audaz y guerrera le sucedió otra España crítica, reformista y preocupada por las realidades más inmediatas. Los problemas que por entonces empezaron a plantearse siguen siendo, en buena medida, los que continúan discutiéndose en la actualidad.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Don Quijote en la playa de Barcelona", cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

miércoles, 3 de septiembre de 2025


La historia de España no puede limitarse al estudio de lo que sucedió dentro de las fronteras de nuestro país. Si así fuera, hechos como el descubrimiento de América, la batalla de Lepanto, el concilio de Trento o la expedición de la Invencible quedarían descartados injustamente. Por tanto, de lo que se trata en realidad es de la "historia de los españoles", verdaderos protagonistas de los acontecimientos del pasado. Pero no hay que olvidar tampoco que estos españoles le deben su nacimiento a España y en ella han adquirido su lengua, su religión, su cultura, su temperamento y forma de ser.

La Península Ibérica se encuentra en uno de los lugares más estratégicos del mundo: un puente tendido entre Europa y África, por donde han pasado docenas de invasiones e influjos culturales, en uno y otro sentido; también el paso del Atlántico al Mediterráneo, y viceversa. En torno a estos dos grandes ejes de tensión bascula toda la historia de España. Se diría que los españoles del pasado se vieron siempre forzados a escoger, aunque, en ocasiones, como en los inicios del siglo XVI, se sintieron impulsados de tal dinamismo que optaron por todo a la vez.
La Península, por otra parte, posee una singularidad perfectamente definida. El istmo pirenaico sólo representa una séptima parte de su contorno total, por lo que el territorio peninsular resulta casi una isla, y dicho aspecto de aislamiento frente al mundo necesariamente ha proporcionado a los españoles el sentido de pertenencia a algo común. Por si fuera poco, España encierra dentro de sí misma una sorprendente variedad en su clima, orografía, flora, fauna, paisajes... hombres. Alguien la ha llamado "continente en miniatura". Y lo cierto es que nuestro país contiene, en sus modestas dimensiones, contrastes más violentos que todo el resto de Europa junto. En cuanto al elemento humano, la pluralidad de costumbres y, en muchos casos, de lenguas no deja de ser llamativa si la comparamos con la de otras naciones. Esta otra tensión entre unidad y diversidad es también una constante de la historia española que en ningún momento se puede perder de vista.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Las tres carabelas", cuadro de Rafael Monleón (siglo XIX).

martes, 5 de agosto de 2025


Puede decirse lícitamente que todo cuanto el hombre hace, individual o colectivamente, tiene algo de histórico. Sin embargo, los hechos resultan tanto más "históricos" cuanto más hayan trascendido y mayores repercusiones se deriven de ellos. Sobre esta base, los historiadores suelen acotar una determinada zona geográfica, una etapa cronológica o ambas cosas a la vez para desarrollar sus estudios.

Ahora bien, la elección del contenido de la Historia, es decir, optar por ciertos aspectos que nos ofrece la realidad humana del pasado y prescindir de otros, siempre comporta para el historiador un riesgo de parcialidad. Quizá, más que un riesgo, constituye una servidumbre inevitable, porque sería imposible elaborar una historia comprensiva de todo cuanto forma parte de la vida del hombre.
Además, cada época tiene su propia forma de enfocar la Historia, su criterio de selección respecto a lo que debe ser historiado. Durante muchos siglos perduró la idea de que lo fundamental eran los "hechos": reinados, acontecimientos políticos, batallas, fechas concretas. A partir de 1900 se fue abriendo paso el concepto de "historia institucional", en el que lo más digno de resaltar son las formas de gobierno, los equilibrios de poderes y las leyes fundamentales de los Estados. Al final de la primera guerra mundial se impuso la denominada "historia de la cultura": desde este punto de vista, la ciencia, la religión, el arte, las ideas y las costumbres son tan importantes, o más, que la crónica de los acontecimientos. Después de la segunda guerra mundial hizo furor la idea de una "historia estructural", basada en el estudio de las magnitudes socioeconómicas y en el método del análisis estadístico, según la cual la evolución de los precios agrícolas o industriales, o la demografía de un país, están por encima de los hechos, las ideas o las instituciones. Por último, en torno a los años 70 del pasado siglo, sale a la luz la noción de "historia integral", como un intento de comprensión unitaria de cada época del pasado conjugando los aspectos ideológicos, políticos, sociales, económicos, institucionales, ambientales, etc. Esta corriente de los estudios históricos, que se originó en Francia y en Alemania, es la que predomina en la actualidad.
Por poner un ejemplo clarificador de lo que venimos exponiendo, el llamado "Motín de Esquilache" (1766) es al mismo tiempo un acontecimiento político (revuelta contra un ministro), ideológico (oposición al reformismo del siglo XVIII), social (nobleza contra burguesía) y económico (carestía de precios de los productos básicos). Así, unos factores ayudan a comprender otros, y es preciso tenerlos en cuenta a la vez. Se trata, en definitiva, de la más adecuada manera de abordar el conocimiento de la Historia.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "La rendición de Granada", cuadro de Francisco Pradilla pintado en 1882.