En las dos primeras décadas del siglo XVI continuó la exploración de las costas americanas, desde la Florida al Río de la Plata, ocupándose al mismo tiempo la mayor parte de las Antillas y una zona en tierra firme, en torno al istmo de Panamá. Se habían hallado los primeros minerales preciosos y organizado también misiones, mientras que una red de funcionarios mantenía el control de aquellos lejanos territorios en nombre de los monarcas hispanos. Pero a partir de 1520 el impulso conquistador se multiplicó, con el resultado de que, apenas veinte años después, todo el inmenso espacio comprendido entre el norte de México y Santiago de Chile había sido dominado por unos pocos miles de españoles.
Los núcleos antillano y panameño sirvieron de puntos de partida. De Cuba marcha en 1519 Hernán Cortés hacia el continente, con un grupo de 500 hombres, y pronto se pone en contacto con la gran confederación azteca que desde México-Tenochtitlan dominaba la meseta del Anahuac. Cortés, valiéndose de la superioridad técnica de sus armas y de su caballería, de cierto temor supersticioso que los españoles inspiraban a los indígenas y de la alianza con tribus deseosas de librarse del poderío azteca, logró hacerse dueño del territorio en poco más de dos años. Desde Panamá, Francisco Pizarro tuvo que emprender hasta tres expediciones (entre 1524 y 1531) para dar con el fabuloso imperio peruano de los incas. Los españoles (poco más de 200) progresaron por las profundas gargantas andinas hasta llegar a Cajamarca y apoderarse, en un audaz golpe de mano, del rey Atahualpa. Pero la lucha con los indios se prolongó durante años, seguida de la guerra civil entablada entre los propios conquistadores. El oro y la plata, abundantes en aquellas tierras, explican en buena medida las discordias y abusos que tuvieron lugar.
Desde México hacia el norte partieron otros grupos para ocupar parte de los actuales Estados Unidos, y hacia el sur para conquistar Guatemala y enlazar con la zona de Panamá. Belalcázar, desde Perú, ocupó el Ecuador y Jiménez de Quesada, que venía de la costa del Caribe, se adueñó de Colombia. Al sur de Perú, la conquista más asombrosa fue la de Chile, iniciada por Diego de Almagro y culminada por Pedro de Valdivia en 1541.
La conquista del Nuevo Mundo fue obra, ante todo, de particulares, de aventureros que buscaban fama y riquezas, y también en ciertos casos el engrandecimiento del Reino de Dios. Actuaron con destreza, intrepidez y enorme fuerza de voluntad. Pero, aunque las iniciativas fueran individuales, los nuevos territorios siempre eran puestos bajo la soberanía del Rey de España. Por consiguiente, y en segunda instancia, el Estado tuvo que realizar una ingente labor para pacificar los países ocupados, poner concordia entre los distintos conquistadores, administrar, organizar y atender a la población indígena. Ésta se vio diezmada por las enfermedades introducidas desde el Viejo Mundo, frente a las cuales se encontraba indefensa. Hubo también violentas arbitrariedades cometidas contra los indios, que la Corona española procuró atajar por medio de las Leyes de Indias (promulgadas en 1512 y en 1542). A partir de la segunda mitad del siglo XVI, la empresa de España en América se caracteriza por la predicación religiosa (misiones), la organización administrativa (Virreinatos), la explotación económica (extracción de metales preciosos), la obra cultural (fundación de ciudades, hospitales y universidades) y el mestizaje de razas.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Expedición de Diego de Almagro a Chile", pintura de Pedro Subercaseaux.






