A partir de 1650 la sociedad española entra en un periodo de profunda decadencia. Este proceso ya se venía vislumbrando en las décadas anteriores, pero después de la Paz de los Pirineos firmada con Francia (1658) se trata de una realidad incuestionable que afecta a varios aspectos fundamentales:
En primer lugar, la administración interior del Reino, por lo general lenta y poco eficaz, se anquilosa en medio de prácticas venales y nepotismo. Además, en el terreno demográfico, el siglo XVII representa un descenso brutal en el número de habitantes. El fenómeno de la despoblación (España pasó de diez millones a poco más de siete) ha sido objeto de muchos estudios. Hoy suele haber acuerdo en que sus principales causas fueron la fortísima mortalidad infantil (con una tasa del 50 por 100, la mitad de los nacidos no llegaban a cumplir tres años de edad) y las epidemias de peste y de cólera, que entre 1648-52 y 1676-85 se llevaron a la tumba a más de millón y medio de españoles. La expulsión de los moriscos (unos 300.000) y la emigración a América contribuyeron asimismo, aunque en menor cuantía, al adelgazamiento del censo nacional.
Mención especial debe hacerse de la ruina económica. España, pobre de recursos naturales, padecía escasez de una clase burguesa y emprendedora, el trabajo había estado "mal visto" durante el Siglo de Oro y, para colmo, el Estado acumulaba una ingente deuda en manos de capitalistas extranjeros. La producción de las minas de plata americanas se redujo de manera alarmante a partir de 1640. Pero la falta de este metal precioso obedece también a razones más complejas. La mayoría de las monedas de plata no llegaban a España como una simple donación o un expolio a los territorios del otro lado del Atlántico; eran, propiamente hablando, el medio de pago con el que los residentes en América adquirían unos artículos que allí no podían hallar y que se encargaban a la Península Ibérica. Los productores y mercaderes españoles, sin embargo, pocos y fustigados por la inflación, encontraban serias dificultades para competir con las manufacturas extranjeras, que se vendían a precios más bajos. En consecuencia, el comercio clandestino de las Indias con otros países se incrementó, muy ligado a la piratería que practicaban ingleses y holandeses. Por si fuera poco, la propia producción americana fue creciendo con el tiempo, lo cual acabó por dar el golpe de gracia a las remesas de plata. El Estado recurrió entonces a acuñar monedas de cobre y se depauperó todavía más.
Otra importante manifestación de decadencia se produjo en el campo militar. Desde 1660 en adelante las derrotas se suceden sin interrupción. Generales mediocres, escasez de hombres para empuñar las armas y poco dinero para pagarles: en eso se resume todo. En una serie de conflictos desastrosos para España, los engallados franceses le fueron arrebatando las posesiones europeas que antaño habían formado parte del célebre "camino español". Y, si bien se pudo recuperar Cataluña, una nueva unión con Portugal quedó descartada definitivamente.
Pero, por encima de las demás consideraciones, existe en la sociedad una especie de colapso moral y una sensación de desánimo difíciles de paliar. Se había llegado a decir que las batallas de España eran batallas de Dios, y Dios no pierde batallas, por lo que el desengaño de los vencidos resultó tremendo. La gloriosa generación de pensadores, literatos y artistas se extinguió lentamente después de 1650 sin que ninguna figura de importancia viniera a tomar el relevo.
No obstante, el sombrío panorama comenzó a aclararse algo en las dos últimas décadas del siglo XVII, en las que parece aflorar una nueva mentalidad, más preocupada por las ciencias útiles (economía, medicina) y por las reformas que fomenten la iniciativa mercantil. Sería en el siglo siguiente, con el cambio de dinastía, cuando estas aspiraciones cobrasen un decidido y renovado impulso.
Fuente: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Embarque de moriscos en el Grao de Valencia", cuadro de Pere Oromig (1616).

Hay una profunda contradicción entre la decadencia política, económica y demográfica y el esplendor cultural de la última parte del llamado "Siglo de Oro", aunque quizá ambos aspectos estén relacionados.
ResponderEliminarBueno, todos los procesos históricos complejos (y la decadencia española en el siglo XVII desde luego lo es) presentan interesantes matices. El teatro de la época, con figuras como Lope de Vega y Calderón de la Barca, pudo actuar en buena medida como válvula de escape, reforzando la propaganda y la fe en unos ideales que se estaban viendo derrotados en los campos de batalla europeos. Por otra parte, en la literatura española existen miradas mucho más críticas y desengañadas acerca de la realidad, como por ejemplo la de Quevedo e incluso, aunque algo anterior en el tiempo, la de Cervantes. Se aprecia también un agudo contraste entre la religiosidad extrema y la picaresca y mendicidad que se extienden por un mismo cuerpo social. En definitiva, un campo muy atractivo para el estudio.
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