miércoles, 1 de abril de 2026


En el siglo XVI se designaba con el nombre de "Flandes" al territorio que hoy corresponde a los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y parte del norte de Francia. A través de su pertenencia a la Casa de Austria, estos dominios entraron en relación con la Monarquía española. Cuando Carlos I (V de Alemania) abdicó, cedió el Imperio alemán a su hermano Fernando, mientras que a su hijo Felipe II le adjudicó los reinos españoles, las posesiones en América y en Italia, y los dominios de Flandes y el Franco Condado de Borgoña. El espacio flamenco poseía un innegable valor estratégico, pues permitía invadir rápidamente Francia desde el norte en caso de guerra. Pero también representó para España una pesada carga y una continua fuente de conflictos.
La población de los Países Bajos, mayoritariamente protestante y calvinista, no veía con buenos ojos la soberanía española, caracterizada por su centralismo administrativo y constantes exacciones de impuestos. En 1566-67 estalló una violenta insurrección que, entre otros hechos luctuosos, culminó con el incendio de la catedral de Amberes. La gobernadora española, Margarita de Parma, a duras penas pudo sofocar las revueltas. Para castigar con mano firme a los sediciosos, Felipe II envió desde Milán al Duque de Alba al frente de su mejor fuerza militar: los Tercios de infantería. Alba implantó en Bruselas el denominado "Tribunal de los Tumultos", que durante seis años juzgó y condenó a muerte a más de 1.000 personas, entre ellas los condes de Egmont y Horn. El príncipe Guillermo de Orange, principal cabecilla rebelde, escapó e intentó reiniciar la lucha con ayuda de mercenarios alemanes. Pero, por el momento, se estrelló contra la experimentada infantería española.
Aparentemente, el foco de tensión de Flandes había sido controlado hacia 1570. No obstante, resultaba costoso en grado sumo mantener acantonado al ejército, al que, para colmo, le faltaban las pagas por haberse perdido los barcos que conducían las remesas de dinero. Fue necesario imponer tributos especiales a los habitantes de aquellas tierras, lo cual no hizo sino acrecentar su descontento hacia los españoles. En los Países Bajos en particular se iba gestando poco a poco un potente sentimiento de independencia. La guerra de Flandes, así iniciada, se prolongaría durante ochenta años.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).

Imagen: Retrato de Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, por Antonio Moro.

lunes, 2 de marzo de 2026


A partir de 1519 había comenzado a propagarse por Alemania y otros países europeos la doctrina religiosa denominada "luteranismo". Su autor, Martín Lutero, era un antiguo fraile agustino alemán, de carácter individualista y rebelde, que en 1521 fue excomulgado y condenado por hereje en la Dieta de Worms. Lutero propugnaba una profunda reforma en la Iglesia, depurándola de lujos y ostentaciones materiales, y defendía el principio de libre interpretación de la Biblia y la llamada "justificación por la fe", negando al mismo tiempo toda autoridad a la jerarquía católica romana. El número de los luteranos (a los que se designaba con el término de "protestantes") crecía sin cesar, recibía el respaldo de la nobleza, siempre dispuesta a consolidarse como poder autónomo, y amenazaba con dividir la unidad moral que hasta entonces el Cristianismo significaba en Europa.

El rey de España Carlos I, que era a la vez emperador de Alemania (Carlos V), advirtió desde el principio el peligro que implicaba el movimiento de la Reforma protestante. Un cisma religioso, con importantes ramificaciones políticas además, echaba por tierra la noción de comunidad espiritual de reinos cristianos a la que aspiraba el emperador. Éste en un primer momento pensó que el problema podía solucionarse apelando al diálogo. A tal fin convocó a los príncipes alemanes a la Dieta de Augsburgo (1530), a la que acudieron también importantes teólogos y humanistas. Pero fue imposible alcanzar la concordia con los protestantes. Carlos V comprendió entonces que era preciso que un Concilio, formado por especialistas y autorizado por el Papa, fijara claramente los ejes de la doctrina cristiana y los puntos en los que era posible ceder y llegar a acuerdos con los partidarios de Lutero. No obstante, las dilaciones de los Pontífices en la convocatoria y las continuas guerras con Francia retrasaron el proyecto una y otra vez.
En diciembre de 1545, centenares de teólogos se reunían por fin en la ciudad italiana de Trento para afrontar la controversia religiosa. El punto álgido de los debates fue el de la justificación y la salvación del hombre, que era la brecha más importante que separaba a la doctrina católica de la luterana. Y aquí se impuso la tesis de los teólogos españoles: la justificación del hombre por sus obras mediante la gracia de Dios. El jesuita Diego Laínez lo resumió en una célebre alegoría: el siervo (el hombre) que con la espada (la gracia) del príncipe (Cristo) vence al león (el pecado), pero que en todo caso necesita luchar (las obras) si quiere salvarse.
El Concilio de Trento (finalizado en 1563) puede considerarse una parte de la historia de España, puesto que la participación de los religiosos españoles resultó decisiva. La Compañía de Jesús, fundada pocos años antes por otro español, Ignacio de Loyola, sería la herramienta para el fortalecimiento de la Iglesia en una posterior etapa de expansión que fue llamada "Contrarreforma".
Sin embargo, los protestantes no acudieron a Trento ni aceptaron los decretos conciliares. El camino de la fuerza quedaba abierto. En los años posteriores una guerra de religión, en la que a la vez se dirimía el control del Imperio alemán, asoló Alemania y el resto de Europa. Y también fue la infantería española la principal baza con la que contó Carlos V en esa larga contienda.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Carlos V en la batalla de Mülhberg", cuadro de Tiziano (1548).

domingo, 1 de febrero de 2026


En las dos primeras décadas del siglo XVI continuó la exploración de las costas americanas, desde la Florida al Río de la Plata, ocupándose al mismo tiempo la mayor parte de las Antillas y una zona en tierra firme, en torno al istmo de Panamá. Se habían hallado los primeros minerales preciosos y organizado también misiones, mientras que una red de funcionarios mantenía el control de aquellos lejanos territorios en nombre de los monarcas hispanos. Pero a partir de 1520 el impulso conquistador se multiplicó, con el resultado de que, apenas veinte años después, todo el inmenso espacio comprendido entre el norte de México y Santiago de Chile había sido dominado por unos pocos miles de españoles.

Los núcleos antillano y panameño sirvieron de puntos de partida. De Cuba marcha en 1519 Hernán Cortés hacia el continente, con un grupo de 500 hombres, y pronto se pone en contacto con la gran confederación azteca que desde México-Tenochtitlan dominaba la meseta del Anahuac. Cortés, valiéndose de la superioridad técnica de sus armas y de su caballería, de cierto temor supersticioso que los españoles inspiraban a los indígenas y de la alianza con tribus deseosas de librarse del poderío azteca, logró hacerse dueño del territorio en poco más de dos años. Desde Panamá, Francisco Pizarro tuvo que emprender hasta tres expediciones (entre 1524 y 1531) para dar con el fabuloso imperio peruano de los incas. Los españoles (poco más de 200) progresaron por las profundas gargantas andinas hasta llegar a Cajamarca y apoderarse, en un audaz golpe de mano, del rey Atahualpa. Pero la lucha con los indios se prolongó durante años, seguida de la guerra civil entablada entre los propios conquistadores. El oro y la plata, abundantes en aquellas tierras, explican en buena medida las discordias y abusos que tuvieron lugar.
Desde México hacia el norte partieron otros grupos para ocupar parte de los actuales Estados Unidos, y hacia el sur para conquistar Guatemala y enlazar con la zona de Panamá. Belalcázar, desde Perú, ocupó el Ecuador y Jiménez de Quesada, que venía de la costa del Caribe, se adueñó de Colombia. Al sur de Perú, la conquista más asombrosa fue la de Chile, iniciada por Diego de Almagro y culminada por Pedro de Valdivia en 1541.
La conquista del Nuevo Mundo fue obra, ante todo, de particulares, de aventureros que buscaban fama y riquezas, y también en ciertos casos el engrandecimiento del Reino de Dios. Actuaron con destreza, intrepidez y enorme fuerza de voluntad. Pero, aunque las iniciativas fueran individuales, los nuevos territorios siempre eran puestos bajo la soberanía del Rey de España. Por consiguiente, y en segunda instancia, el Estado tuvo que realizar una ingente labor para pacificar los países ocupados, poner concordia entre los distintos conquistadores, administrar, organizar y atender a la población indígena. Ésta se vio diezmada por las enfermedades introducidas desde el Viejo Mundo, frente a las cuales se encontraba indefensa. Hubo también violentas arbitrariedades cometidas contra los indios, que la Corona española procuró atajar por medio de las Leyes de Indias (promulgadas en 1512 y en 1542). A partir de la segunda mitad del siglo XVI, la empresa de España en América se caracteriza por la predicación religiosa (misiones), la organización administrativa (Virreinatos), la explotación económica (extracción de metales preciosos), la obra cultural (fundación de ciudades, hospitales y universidades) y el mestizaje de razas.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: "Expedición de Diego de Almagro a Chile", pintura de Pedro Subercaseaux.

lunes, 5 de enero de 2026


El descubrimiento, conquista e hispanización del continente americano configuran uno de los hechos más destacados de la Historia Universal. Su trascendencia resulta tanto mayor hasta el punto de que, a partir del siglo XVI, la historia de América no puede explicarse desvinculada de la historia de España, como tampoco puede explicarse la historia de nuestro país sin conexión con la historia de América.
Ciertas circunstancias hicieron posible que el Nuevo Mundo fuera descubierto para la civilización occidental por una escuadra española. Castilla y Aragón, al unirse, organizaron un Estado moderno y capacitado para una empresa de semejante envergadura; la Marina castellana de la época era la mejor, junto con la portuguesa, que podía llevar a cabo viajes de larga duración; un nuevo tipo de barco, la carabela, resistente y maniobrable, resultaba ideal en las grandes travesías; y, por último, la posesión del archipiélago canario, situado en la cabecera de los llamados vientos Alisios, facilitaba el cruce del Atlántico en un plazo relativamente corto.
La presencia castellana en las islas Canarias databa ya de los comienzos del siglo XV, pero se culminó durante el mandato de los Reyes Católicos. Las expediciones de Juan Rejón, Pedro de Vera y Alonso Fernández de Lugo, entre 1478 y 1496, conquistaron Gran Canaria, Tenerife y La Palma, que eran las últimas islas que restaban por ocupar. Todo en la empresa canaria (la organización de la conquista, las fundaciones, la fusión de razas, los métodos misionales) forma un llamativo precedente de lo que iba a producirse años después, y a escala mucho mayor, en América.
Entretanto, un marino algo estrafalario, que se decía de origen genovés y conocedor de todos los mares, se presentó en la corte de los Reyes Católicos en demanda de ayuda para un gran proyecto de exploración. Su idea, en parte genial y en parte equivocada, consistía en llegar a las costas de Asia navegando hacia el Oeste. Los entendidos dudaban de que tal propósito pudiese realizarse, pero la fe de Cristóbal Colón acabó por convencer a Fernando e Isabel. Los monarcas le concedieron el título de Almirante, tres carabelas con tripulación española y una serie de promesas si era capaz de arribar al Lejano Oriente. El viaje, realizado entre el 3 de agosto y el 12 de octubre de 1492, representa un hito memorable en la aventura de la Humanidad. Colón y sus hombres no llegaron a Asia, como pretendían, sino a un nuevo continente que más adelante se llamaría América. Los españoles sin embargo preferirían, hasta el siglo XVIII, designarlo con el nombre de "Las Indias", y con el de "indios" a sus habitantes.
En viajes sucesivos, que se prolongaron hasta 1502, Colón exploró la zona de las Antillas y el Caribe, y las costas de América Central. Otros navegantes ampliaron el territorio conocido. Pero el periplo era largo y peligroso, el clima insano y las riquezas que se esperaba encontrar no aparecían por ninguna parte. Colón, mediocre gobernador, realizó acciones criticables en más de un aspecto y al fin se le hizo regresar a España para rendir cuentas. Habrían de pasar todavía unos decenios antes de que el Nuevo Mundo desplegara ante los ojos de los españoles toda su magnificencia.
Fuentes: "Historia de España Moderna y Contemporánea" (José Luis Comellas, Universidad de Sevilla).
Imagen: Recreación pictórica de la llegada a Guanahaní el 12 de octubre de 1492.